domingo, 24 de octubre de 2010

Carta del Prelado del Opus Dei. (octubre 2010)



El Prelado del Opus Dei habla en esta carta sobre los ángeles custodios, a quienes la Iglesia festeja el 2 de octubre, día en el que también se recuerda la fundación del Opus Dei.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Estalla el alma en alegría al imaginar el gozo de nuestro Padre el 2 de octubre de 1928. Unámonos a aquella oración que, de rodillas, salió de su alma ante la confianza que le mostraba el Cielo y demos vueltas —muchas, en cada jornada— a la realidad de que también nosotros estábamos comprendidos en esa manifestación de Dios a San Josemaría.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor; alabadlo y glorificadlo eternamente[1]. Con estas palabras de la Sagrada Escritura comienza la Misa de mañana, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, que han de tener un eco muy fuerte en las mujeres y en los hombres del Opus Dei. Nos pueden servir de cauce para alzar nuestro agradecimiento a Dios en este nuevo aniversario de la fundación, pues —como afirmaba nuestro Padre— no es casualidad que Dios haya inspirado su Obra el día en que la Iglesia les hace fiesta (...). Les debemos mucho más de lo que pensáis[2]. Me da alegría recordaros que muchas veces —y concretamente en Argentina, en La Chacra— San Josemaría nos sugirió que, al entrar en el oratorio, manifestásemos nuestra gratitud a los ángeles por la perpetua corte que hacen al Señor en la Eucaristía.

Pensad que la devoción a los ángeles tiene honda raigambre en la Iglesia. Podría decirse que casi no hay página de la Escritura Santa —tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento— en la que no aparezcan estas criaturas puramente espirituales, que gozan de la visión beatífica y están al servicio de los designios divinos[3]. En una de sus catequesis, Juan Pablo II hacía notar que negar su existencia obligaría a revisar radicalmente la misma Sagrada Escritura y, con ella, toda la historia de la salvación[4], incurriendo en el más craso error.

La fiesta de mañana nos ofrece la ocasión de tratar más a estos seres celestiales, considerando ante todo que son criaturas de Dios y que sólo Jesucristo es el centro del mundo angélico y del entero cosmos. La primacía de Cristo, Verbo encarnado, sobre la creación, es uno de los fundamentos de la fe católica. En Él fueron creadas todas las cosas en los cielos y sobre la tierra, las visibles y las invisibles, sean los tronos o las dominaciones, los principados o las potestades. Todo ha sido creado por Él y para Él[5].

«¿Qué es un ángel?», se preguntaba el Papa Benedicto XVI. Y respondía: «La Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia nos hacen descubrir dos aspectos. Por una parte, el ángel es una criatura que está en la presencia de Dios, orientada a Dios con todo su ser. Los tres nombres de los Arcángeles acaban con la palabra "El", que significa "Dios". Dios está inscrito en sus nombres, en su naturaleza. Su verdadera naturaleza es estar en Él y para Él»[6].

Estas afirmaciones ponen de relieve que la misión más importante de los ángeles se concreta en adorar a la Santísima Trinidad, en elevar constantemente un canto de acción de gracias al Creador y Señor de todas las cosas, las visibles y las invisibles. Tanto los ángeles como los hombres hemos sido creados para el mismo fin. Ellos ya lo han alcanzado, nosotros estamos de camino. Por eso, resulta muy conveniente contar con su auxilio para que nos enseñen a recorrer la senda que conduce al Cielo. Yo rezo e invoco todos los días a los ángeles —comentaba nuestro Padre en una ocasión— y acudo a la intercesión de los Custodios de mis hijos, para que todos sepamos hacer la corte a nuestro Dios. Así seremos celosos, almas decididas a llevar el consuelo de la doctrina de Dios a las criaturas[7].

San Josemaría impulsó a invocar a los ángeles al comenzar cada día la meditación, después de haber pedido la intercesión de la Madre de Dios y de San José. ¿Con qué devoción acudimos a ellos? ¿Con qué seguridad de ser oídos? Y especialmente a propósito de la celebración eucarística, comentaba nuestro Padre: yo aplaudo y ensalzo con los Ángeles: no me es difícil, porque me sé rodeado de ellos, cuando celebro la Santa Misa. Están adorando a la Trinidad[8]. También cuando visitamos a Jesús presente en el tabernáculo, y quizá no sabemos cómo saludarle ni cómo manifestarle nuestro agradecimiento o nuestra adoración, podemos imitar el ejemplo de San Josemaría. Cuando entro en el oratorio —nos confiaba— no me da ningún reparo decir al Señor: Jesús, te amo. Y alabo al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo (...). Y me acuerdo de saludar a los ángeles, que custodian el Sagrario en una vigilia de amor, de adoración, de reparación, haciendo la corte al Señor Sacramentado. Les agradezco que estén allí todo el día y toda la noche, porque yo no puedo hacerlo más que con el corazón: ¡gracias, Santos Ángeles, que hacéis la corte y acompañáis siempre a Jesús en la Sagrada Eucaristía![9]. Os sugiero que, jornada tras jornada, queráis uniros a la oración de nuestro Fundador, el día 2 de octubre de 1928: que no decaiga en nosotros el diálogo de gratitud y de responsabilidad con que respondió nuestro Padre.

Por ser grandes adoradores de la Trinidad Santísima, pueden cumplir a la perfección «el segundo aspecto que caracteriza a los ángeles: son mensajeros de Dios. Llevan a Dios a los hombres, abren el cielo y así abren la tierra. Precisamente porque están en la presencia de Dios, pueden estar también muy cerca del hombre»[10]. Nos lo reveló Jesucristo cuando, hablando del amor de Dios Padre por los niños y por los que se hacen como niños, señaló: guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos[11].

Fundada en éste y en otros textos inspirados, la Iglesia enseña que «desde la infancia a la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión»[12]. Y hace suya una afirmación frecuente en los escritos de los Padres de la Iglesia: «Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida»[13]. De entre los espíritus celestiales, los ángeles custodios han sido colocados por Dios al lado de cada hombre y de cada mujer. Son nuestros cercanos amigos y aliados en la pelea que nos enfrenta —como afirma la Escritura— a las insidias del diablo. Porque no es nuestra lucha contra la sangre o la carne, sino contra los principados, las potestades, las dominaciones de este mundo de tinieblas, y contra los espíritus malignos que están en los aires[14]. Nuestro Padre se hace eco de esta enseñanza de modo lapidario: acude a tu Custodio, a la hora de la prueba, y te amparará contra el demonio y te traerá santas inspiraciones[15].

Un escritor cristiano del siglo II ofrece algunas señales para reconocer las insinuaciones de los ángeles buenos y cómo distinguirlas de las de los ángeles malos. «El ángel de la justicia —escribe— es delicado, y pudoroso, y manso, y tranquilo. Así pues, cuando subiere a tu corazón este ángel, al punto se pondrá a hablar contigo sobre la justicia, la castidad, la santidad, sobre la mortificación y sobre toda obra justa y sobre toda virtud gloriosa. Cuando todas estas cosas subieren a tu corazón, entiende que el ángel de la justicia está contigo. He ahí, pues, las obras del ángel de la justicia. Cree, por tanto, a éste y a sus obras»[16].

La lucha entre el bien y el mal —triste herencia del pecado de origen— es una constante en la existencia humana sobre la tierra. Resulta lógico, por eso —como reza una antigua oración—, que acudamos a los ángeles de la guarda: Sancti Angeli Custodes nostri, defendite nos in prœlio ut non pereamus in tremendo iudicio; Santos Ángeles Custodios: defendednos en la batalla, para que no perezcamos en el tremendo juicio.

Desde muy joven, nuestro Fundador cultivó una honda devoción a los ángeles, y especialmente a su propio ángel de la guarda. Luego, a partir del momento de la fundación del Opus Dei, su biografía rebosa de detalles en los que se manifiesta una piedad recia y confiada a esos adoradores de Dios, buenos acompañantes en el camino del Cielo. También en sus escritos hay abundantes referencias al ministerio de los ángeles en favor de los hombres, porque —como señala la Escritura— ¿acaso no son todos ellos espíritus destinados al servicio, enviados para asistir a los que tienen que heredar la salvación?[17]. Tan grande era su fe en la intervención de los ángeles, que enseñó a considerarlos como aliados importantes en la labor apostólica. Gánate al Ángel Custodio de aquel a quien quieras traer a tu apostolado. —Es siempre un gran "cómplice"[18], escribió en Camino. Y en otro lugar, al considerar que muchas veces el ambiente en el que uno debe desenvolverse por motivos profesionales, sociales, etc., se halla muy lejos de Dios, aseguraba: ¿Que hay en ese ambiente muchas ocasiones de torcerse? —Bueno. Pero, ¿acaso no hay también Custodios?[19].

El repicar de las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, que no se apagó nunca en los oídos de nuestro Padre, debe resonar en los nuestros, como un recuerdo de que toda nuestra existencia ha de ser un adorar a Dios con la Santísima Virgen, con los ángeles y con toda la Iglesia triunfante.

También cultivaba nuestro Padre un trato de amistad con el arcángel que —según algunos Padres de la Iglesia— asiste a cada sacerdote en las labores propias del ministerio. Es muy probable —decía en cierta ocasión— la opinión de que los sacerdotes tienen un ángel especialmente encargado de atenderles. Pero hace muchos, muchísimos años, leí que cada sacerdote tiene un Arcángel ministerial, y me conmoví. Me he hecho una especie de aleluya como jaculatoria, y se la repito al mío, por la mañana y por la noche. A veces he pensado que no puedo tener esta fe porque sí, porque lo haya escrito un Padre de la Iglesia cuyo nombre ni siquiera recuerdo. Entonces considero la bondad de mi Padre Dios y estoy seguro de que, rezando a mi Arcángel ministerial, aunque no lo tuviera, el Señor me lo concederá, para que mi oración y mi devoción tengan fundamento[20].

Detengámonos frecuentemente en estas y otras enseñanzas sobre los santos ángeles y esforcémonos para ponerlas en práctica, cada uno a su modo. Acudamos a su auxilio con intimidad y confianza. Dificultades internas que parezcan insuperables, obstáculos exteriores que se asemejen a auténticos muros, se superarán con la asistencia de estos amigos tan poderosos a cuya custodia nos ha confiado el Señor. Pero se necesita, como enseñaba nuestro Fundador bebiendo en las fuentes de la tradición espiritual de la Iglesia, que se consolide una auténtica amistad con nuestro ángel custodio y con los de las demás personas a las que nos dirigimos apostólicamente. Porque el Ángel Custodio es un Príncipe del Cielo que el Señor nos ha puesto a nuestro lado para que nos vigile y ayude, para que nos anime en nuestras angustias, para que nos sonría en nuestras penas, para que nos empuje si vamos a caer, y nos sostenga[21].

Consuela muchísimo esta otra reflexión, que San Josemaría dejó escrita en Surco: el Ángel Custodio nos acompaña siempre como testigo de mayor excepción. Él será quien, en tu juicio particular, recordará las delicadezas que hayas tenido con Nuestro Señor, a lo largo de tu vida. Más: cuando te sientas perdido por las terribles acusaciones del enemigo, tu Ángel presentará aquellas corazonadas íntimas —quizá olvidadas por ti mismo—, aquellas muestras de amor que hayas dedicado a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo.

Por eso, no olvides nunca a tu Custodio, y ese Príncipe del Cielo no te abandonará ahora, ni en el momento decisivo[22].

En nuestra pelea espiritual y en el apostolado, contamos siempre con el interés y la protección de la Reina de los Ángeles. En este mes se celebra una fiesta suya bajo la advocación del Rosario. Esta devoción mariana es arma poderosa[23] en todas las batallas por la gloria de Dios y la salvación de las almas. Ojalá crezca, con especial cariño, el rezo piadoso de esta plegaria durante las próximas semanas, con la convicción de que nuestra Madre del cielo, a lo largo del año mariano que recorremos, se lucirá y nos obtendrá de su Hijo gracias abundantísimas.

Para concluir, os recuerdo que el próximo día 6 es el aniversario de la canonización de nuestro Padre. Pidamos al Señor, por su intercesión, que el gozo sobrenatural que nos inundó en aquella fecha, y el impulso hacia la santidad que entonces recibimos, se mantengan vivos y pujantes en sus hijas y en sus hijos del Opus Dei, y en todas las personas que se acercan a la Obra. Os confieso que cotidianamente me dirijo a San Josemaría para que se haga muy presente en cada uno de nosotros aquella exclamación —«el santo de la vida ordinaria»— con que le designó el Siervo de Dios Juan Pablo II[24]. Cabe aplicarla también así: San Josemaría es el santo que nos asiste en todas las circunstancias de cada jornada. Aprovechemos más esa "ocupación" de nuestro Padre, que nos quiere mucho, mucho, pero que nos quiere santos.

Realmente, cada mes hay muchas fiestas de la Iglesia y efemérides de la historia de la Obra: repasadlas, para que nuestro serviam! cotidiano sea muy generoso.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de octubre de 2010.